sábado, 27 de agosto de 2011
Será porque vivimos cerca del mar?
Una de las cosas más espectaculares de la ciudad de Mérida, Yucatán, es que queda a 20 minutos del mar por carretera. Las y los yucatecos, puesto que vivimos en una península, tenemos una gran debilidad por el mar, la playa y las vacaciones cerca del agua en general. Cientos de familias yucatecas tienen una segunda casa en alguna ciudad en la costa, y durante el mes de agosto la ciudad de Mérida está casi vacía porque no sólo las familias, sino también los restaurants, negocios y centros de diversión, incluyendo muchas discotecas, se trasladan a la costa.
Ciertamente, estar cerca del mar en una planicie implica que el nivel de agua en el subsuelo urbano está relativamente cerca de la superficie. Además, la península de Yucatán es una gran planicie carstica que se asienta sobre una de las más grandes reservas de agua dulce del mundo. Ésta se hace visible por medio de ríos subterraneos que, cuando pierden al menos parte del techo de las bóvedas de las cuevas por las que pasan, se conocen localmente como cenotes. Estos cenotes corren hacia el mar, pero en general toda la península, con la excepción de una pequeña sierra conocida regionalmente como El Puuc, está muy cerca del nivel del mar.
Cada año caen en Mérida lluvias torrenciales que inundan toda la ciudad. Todas las ciudades de Yucatán también se inundan. Tanto Mérida como la pequeña ciudad de Valladolid tuvieron en algún momento un sistema de desague diseñado, según decían nuestras/os abuelas/os, por un arquitecto italiano. Yo crecí en Valladolid, en donde toda el agua de las lluvias era canalizada hacia grandes hondonadas que en el oriente de la península se conocen como rejolladas. En los 1980s, según recuerdo, Teléfonos de México y la Junta de Agua Potable de Yucatán destruyeron esas cañerías urbanas antiguas, en el esfuerzo por dotarnos de teléfonos y agua potable, y la ciudad se comenzó a inundar más que en los dos siglos anteriores.
El día de hoy pude experimentar una vez más la relación ambivalente de las familias yucatecas con el agua, como un elemento peligroso y al mismo tiempo un elemento de placer. Una de mis hermanas celebró su cumpleaños. Por primera vez en varios años, nos reunimos tres generaciones de Vargas Cetina: mi madre y su hermana, mis hermanas y yo, nuestros cónyugues, y las y los hijos de mis hermanas, además de amigos y amigas de mi hermana que cumplía años.
La casa de mi hermana no se inundó, pero algunas personas decidimos quedarnos, mientras caía una lluvia torrencial, en el porche de la casa, viendo llover y conversando. Yo fuí una de estas personas. En algún momento el agua nos llegaba a los tobillos. La estrategia fue quitarnos los zapatos y seguir en el mismo lugar. Uno de mis sobrinos se cambió a shorts y consiguió un gran paraguas para ayudar a quienes trataban de salir de sus autos a mojarse lo menos posible mientras llegaban a la casa. Cada vez que pasaba un auto por la calle se producían grandes olas, y gritábamos "Ola!" para que quien pudiera subiera los pies o se pusiera en el pequeño escaño que separa a la casa del porche. En algún momento pasó cerca de nosotros una muchacha con un paraguas, bogando agua, y yo le tomé una foto con mi teléfono celular (ver la foto arriba).
¿Será que aceptamos estas cosas, esta inundación continua, porque vivimos cerca del mar? ¿Será porque quienes nos antecedieron nos enseñaron que todo esto es inevitable, y por tanto somos fatalistas? Quizá deberíamos pensar como la gente piensa en otras partes y ver todo esto como un fallo del gobierno, de la sociedad, de la industria regional de la construcción, y quizá de nosotros mismos, que lo vemos como inevitable y por tanto tratamos de disfrutar lo que se pueda mientras se pueda . . .
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